Hay figuras públicas que no necesitan alzar la voz para hacerse escuchar. Que no se construyen en el ruido ni se promocionan a golpe de titular en los medios de comunicación. Rosa María Aguilar Chinea es, sin duda, una de ellas. Su perfil, tan alejado del estruendo político habitual, es precisamente lo que la convierte en una de las representantes institucionales más sólidas, preparadas y respetadas de la Canarias contemporánea. Su nombramiento como delegada del Gobierno de Canarias en Madrid no ha sido fruto de cuotas ni de cuotas de poder partidario: es la culminación de una trayectoria basada exclusivamente en el mérito, en la constancia, en la seriedad y en el amor profundo a su tierra.
Nacida en la isla de La Gomera, de carácter firme y sonrisa cálida, Aguilar ha sido pionera en múltiples frentes. Fue la primera mujer catedrática de Ingeniería de Sistemas y Automática en la Universidad de La Laguna, una de las áreas más técnicas y exigentes del ámbito académico. No llegó ahí por una política de paridad ni por ninguna discriminación positiva: lo hizo rompiendo muros con la única herramienta que reconoce el conocimiento verdadero —la excelencia.
En 2019 asumió el timón de una de las instituciones más complejas y a la vez más necesarias del archipiélago: la Universidad de La Laguna. Lo hizo en un contexto de enorme dificultad, marcado por la pandemia, los recortes presupuestarios y una profunda transformación digital forzada por las circunstancias. Y lo hizo con liderazgo templado, sin aspavientos, apostando por la estabilidad institucional y la calidad docente. Supo capear la tormenta con una visión modernizadora sin renunciar nunca a la dignidad del alma universitaria. Fue, tras Marisa Tejedor, la segunda mujer en alcanzar el Rectorado en más de dos siglos de historia, pero, sobre todo, fue una rectora que gestionó desde el rigor, no desde la pancarta.
Porque si algo define a Rosa Aguilar es su manera de entender el feminismo: como un compromiso de fondo, no de forma. No se ha colgado jamás la etiqueta de feminista de manual. No la necesita. Su trayectoria habla por ella. Representa a esa generación de mujeres que no exigieron ser reconocidas por ser mujeres, sino que obligaron a ser reconocidas por su capacidad. Su ejemplo desmonta el relato de las cuotas por necesidad. Ella representa el feminismo que no exige espacio, sino que lo conquista con esfuerzo.
Hoy, en su despacho en la capital del Estado, ejerce una labor estratégica de enorme trascendencia: es la voz de Canarias ante las instituciones centrales. No desde la confrontación, sino desde la diplomacia eficaz. Controla la agenda legislativa con precisión quirúrgica para asegurar que ninguna medida nacional perjudique al archipiélago. Ha abierto las puertas de la Delegación como nunca antes, con una política de transparencia real, de acceso sin barreras, donde las prioridades son claras: los canarios primero.
Aguilar sabe que Madrid puede ser un lugar hostil para los intereses periféricos. Pero también sabe que la mejor defensa es una presencia inteligente, firme, argumentada. Por eso no se deja arrastrar por el ruido partidista. Defiende a su tierra con el aplomo de quien no busca medallas, sino resultados.
Alegre, cercana, siempre generosa en el trato personal, Rosa María Aguilar no solo representa a Canarias en Madrid: representa una forma de estar en la vida pública que escasea. La del trabajo silencioso, del mérito sin alardes, de la inteligencia emocional puesta al servicio de los demás. Es, en definitiva, una servidora pública en el sentido más noble del término. Y hoy, más que nunca, su figura es un faro que ilumina con sobriedad y sentido de Estado en un panorama político demasiado acostumbrado a la frivolidad.




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