La polémica entre el Ayuntamiento de Puerto del Rosario y el creador de contenido Karin Herrero no enfrenta a dos particulares discutiendo en las redes sociales. En un lado se encuentra un comunicador conocido por un estilo provocador e irónico. En el otro está la principal institución de la capital de Fuerteventura, dirigida por un alcalde que representa a 46.150 vecinos y administra recursos, personal y canales públicos.
Esa diferencia es fundamental. Herrero puede hacer una broma discutible, recibir críticas y responder ante su audiencia. David de Vera no puede reaccionar como un usuario ofendido ni permitir que el Ayuntamiento se comporte como la extensión de su perfil personal. Un alcalde está obligado a guardar una proporción, una serenidad y una altura institucional superiores.
El vídeo que originó la controversia presentaba inicialmente a Puerto del Rosario como una ciudad dominada por la delincuencia, el narcotráfico y una banda ficticia denominada «los jacosos». Construido con apariencia de noticia y apoyado en inteligencia artificial, podía confundir a quien solo viera los primeros segundos. Esa crítica es legítima.
Sin embargo, el vídeo completo revelaba claramente la broma. El supuesto delincuente era el propio Herrero, el atraco consistía en pagar 16,90 euros por su libro y la advertencia de no acudir a una librería era, en realidad, una invitación a la firma. No era una campaña destinada a desprestigiar Puerto del Rosario, sino una promoción satírica de un acto celebrado precisamente en su municipio natal.
Un Ayuntamiento no es una cuenta personal
La reacción municipal fue mucho más grave que la broma. El Ayuntamiento difundió un comunicado oficial en el que calificó la campaña de «falsa, sensacionalista y profundamente ofensiva», acusó al creador de buscar impacto y ventas a costa de la ciudad y llegó a invocar los límites de la libertad de expresión.
No consta públicamente que David de Vera redactara personalmente el texto. Eso no reduce su responsabilidad política. El comunicado fue publicado por la institución que preside, utilizando su identidad corporativa, su web y sus recursos de comunicación. Un alcalde no puede apropiarse de los canales municipales para responder a cada contenido que le incomoda y después refugiarse en el carácter impersonal del Ayuntamiento.
La institución representa a todos los vecinos, también a quienes entendieron la ironía, a quienes acudieron a la firma y al propio Karin Herrero. No está para dictar qué humor resulta admisible ni para convertir una diferencia de criterio en una reprimenda oficial.
El Consistorio podía haber reaccionado de manera breve y eficaz. Bastaba con aclarar que las referencias a la delincuencia eran ficticias, recordar los datos reales de seguridad y cerrar el asunto. También podía contactar directamente con Herrero para trasladarle que el inicio del vídeo podía prestarse a confusión.
De Vera eligió —o permitió— la vía más torpe: elevar una broma de redes al nivel de conflicto institucional. El resultado fue exactamente el contrario al pretendido. El comunicado amplificó el vídeo, convirtió la promoción de un libro en una polémica política y ofreció al creador una plataforma todavía mayor para responder.
La responsabilidad no es equivalente
Karin Herrero elevó después el tono. Su contestación incluyó descalificaciones personales y expresiones innecesariamente agresivas. Diario Libertad no necesita justificar esos excesos para señalar que la responsabilidad principal sigue correspondiendo al cargo público.
No existe una equivalencia entre ambos comportamientos. Herrero responde con su nombre, su imagen y su reputación. David de Vera actúa desde una Alcaldía, con una administración detrás y con la autoridad simbólica de la capital majorera. Cuanto mayor es el poder, mayor debe ser la contención.
La política se degrada cuando un gobernante exige a un ciudadano el respeto institucional que él mismo no demuestra. La dignidad del Ayuntamiento no se protege entrando en una disputa digital, sino evitando que sus medios oficiales se utilicen para satisfacer el orgullo herido de quienes lo dirigen.
Un alcalde debe comprender que ignorar una provocación menor también forma parte del liderazgo. No todo vídeo merece un comunicado. No toda ironía exige una respuesta. No toda broma incómoda constituye un ataque contra toda una ciudad.
Un creador que eligió volver a su ciudad
La reacción resulta todavía más incomprensible al considerar el contexto completo. Karin Herrero había realizado firmas en grandes ciudades y decidió cerrar su gira en Puerto del Rosario, pese a sostener que esa parada no le resultaba especialmente rentable. Lo hizo por su vínculo con la capital, eligió una librería local y consiguió movilizar a seguidores y familias.
El Ayuntamiento podía haber aprovechado esa circunstancia. Puerto del Rosario cuenta con un creador nacido en el municipio, con una audiencia considerable y capacidad para atraer a jóvenes a una librería. Una administración inteligente habría buscado la colaboración, incluso después de expresar de forma privada su malestar por el enfoque del vídeo.
En lugar de eso, el Gobierno municipal trató al comunicador como si fuera un enemigo de la ciudad. Confundió la crítica a una pieza concreta con la descalificación de toda su relación con Fuerteventura y terminó ofreciendo la imagen de una administración incapaz de comprender los códigos actuales de comunicación.
El papel de un alcalde no consiste en aplaudir todo lo que haga una persona popular. Consiste en saber cómo, cuándo y desde dónde debe expresar una discrepancia. De Vera podía criticar el vídeo como político o mantener una conversación directa. Lo que no debía hacer era utilizar el Ayuntamiento como aparato de censura moral frente a una broma que se explicaba por sí sola al terminar.
De la altura de miras a la bronca digital
Cuando tomó posesión en 2023, David de Vera prometió gobernar desde el diálogo, la conciliación y la «altura de miras». También reivindicó el respeto institucional que, a su juicio, merecía Puerto del Rosario como capital de Fuerteventura.
Esta polémica muestra una interpretación pobre de aquel respeto. Las instituciones no se protegen convirtiéndolas en escudos personales. Se protegen preservándolas de las disputas menores y evitando que sus comunicados parezcan rabietas oficiales.
Puerto del Rosario no necesitaba que su alcalde la defendiera de un vídeo humorístico. Necesita que se ocupe de sus servicios, sus barrios, su urbanismo, su limpieza, su vivienda y su desarrollo económico. La reputación de una capital no depende de una broma publicada en redes, sino de la calidad de su gobierno y de la experiencia cotidiana de quienes viven en ella.
La libertad de expresión protege también el derecho a hacer humor deficiente, publicidad excesiva y sátira incómoda. El Ayuntamiento puede corregir datos falsos, pero no erigirse en juez oficial del tono utilizado por un vecino para promocionar un libro.
El alcalde debería rectificar
David de Vera no necesita prolongar la disputa ni contestar a los insultos posteriores. Necesita reconocer que la reacción fue desproporcionada y retirar al Ayuntamiento de una pelea en la que nunca debió entrar.
Una rectificación no supondría afirmar que el vídeo fue perfecto. Podría señalar que el comienzo se prestaba a interpretaciones erróneas y, al mismo tiempo, admitir que el comunicado institucional elevó innecesariamente el conflicto. Esa sería una respuesta adulta y compatible con la altura de miras prometida.
El problema de fondo no es una broma ni un libro. Es la facilidad con la que un alcalde puede confundir su molestia personal con el interés general. Cuando eso ocurre, la institución deja de representar a todos y empieza a funcionar como altavoz del gobernante.
Karin Herrero podía haber diseñado una campaña menos equívoca y responder después sin insultos. Pero David de Vera tenía una obligación superior: comportarse como alcalde. No lo hizo.
La capital majorera no ha quedado dañada por el desenlace de un vídeo satírico. Ha quedado expuesta por la reacción infantil de un Gobierno municipal que convirtió una promoción local en una crisis pública. El alcalde quiso defender el prestigio de Puerto del Rosario y terminó poniendo en duda el suyo.



