El fútbol europeo ha declarado la guerra a Gianni Infantino. La UEFA y sus 55 federaciones nacionales, incluida la española, han acordado por unanimidad no participar en ninguna competición organizada por la FIFA mientras siga vivo el proyecto para abrir a inversores privados una parte del negocio de la Copa del Mundo y otros torneos internacionales.

La decisión no significa que España haya abandonado ya el próximo Mundial. Es un boicot condicionado: Europa volverá a competir si la FIFA retira íntegramente la propuesta y ofrece garantías de que sus competiciones no serán abiertas en el futuro a capital privado. Pero la amenaza es real y constituye una de las mayores crisis de poder sufridas por el fútbol mundial.

La Copa del Mundo no está en venta

La UEFA acusa a la FIFA de haber preparado el plan en secreto, sin una consulta suficiente y colocando a las federaciones ante un ultimátum económico. Su posición es tajante: la Copa del Mundo no puede convertirse en un producto de inversión ni quedar sometida a las expectativas de accionistas externos.

El organismo europeo teme que, una vez admitido el capital privado, las decisiones sobre calendarios, formatos y organización de torneos dejen de responder principalmente a criterios deportivos. Cuanto mayor sea la obligación de generar beneficios, mayor será la presión para multiplicar partidos y explotar comercialmente a selecciones y aficionados.

El plan de Infantino

La FIFA propone crear FIFA Forward Enterprise, una filial que concentraría sus derechos comerciales y la gestión operativa de los torneos. El organismo mantendría la mayoría y el control formal, mientras inversores privados adquirirían participaciones minoritarias.

La operación pretende captar hasta 4.200 millones de dólares sobre una valoración inicial de 20.000 millones. Infantino asegura que el dinero permitiría superar los 10.000 millones en financiación para el desarrollo del fútbol y elevar las aportaciones recibidas por las 211 asociaciones nacionales.

La FIFA pretende utilizar el valor comercial de sus competiciones para repartir más recursos entre federaciones, infraestructuras, fútbol base y selecciones. La UEFA responde que ese dinero tendría un precio demasiado alto: entregar a inversores una parte de un patrimonio construido durante generaciones.

España y el Mundial de 2030

La ruptura afecta directamente a España, cuya federación forma parte del acuerdo europeo y que organizará junto a Portugal y Marruecos la mayor parte del Mundial de 2030. Resultaría insostenible preparar estadios y comprometer recursos públicos para un campeonato sin selecciones europeas.

La propuesta de Infantino todavía necesita el respaldo de la mayoría de las federaciones y las autorizaciones internas de la FIFA. Sin embargo, Europa ha fijado una línea roja: sin sus selecciones, jugadores y mercados, cualquier torneo mundial pierde buena parte de su valor.

El enfrentamiento decidirá mucho más que una operación financiera. Está en juego si la Copa del Mundo continúa siendo administrada como un patrimonio deportivo común o comienza a responder a quienes invierten esperando rentabilidad. La UEFA ha elegido el choque frontal. Ahora Infantino deberá decidir si retira su plan o se arriesga a organizar un fútbol mundial sin Europa.