Carolina Darias ha decidido comenzar la larga carrera hacia las elecciones municipales de 2027 mirando más a Vox que a Las Palmas de Gran Canaria. Preguntada por la posibilidad de alcanzar acuerdos con el Partido Popular, la alcaldesa no respondió hablando de limpieza, vivienda, seguridad, movilidad o servicios públicos. Prefirió recurrir al argumento habitual de la izquierda: acusar al PP de ser el «principal blanqueador de Vox».
La respuesta revela una forma de hacer política cada vez más alejada de las necesidades concretas de la ciudad. Frente a ella, Poli Suárez había manifestado su disposición a negociar con cualquier formación que no recortara derechos. Darias contestó cerrando anticipadamente cualquier entendimiento y añadió una frase especialmente desafortunada: «Las Palmas de Gran Canaria no es Teror, es distinto».
Claro que Las Palmas de Gran Canaria no es Teror. Tampoco es Moya, Arucas, Telde ni ningún otro municipio de Canarias. Cada ciudad tiene su tamaño, su historia y sus problemas. Pero utilizar esa diferencia para despreciar implícitamente los acuerdos alcanzados en otras localidades transmite una superioridad impropia de quien gobierna la capital de Gran Canaria.
Una gran ciudad no debería medirse por su capacidad para levantar muros políticos, sino por su voluntad de alcanzar acuerdos cuando estos benefician a los vecinos. La dimensión de Las Palmas exige más diálogo, no menos; más responsabilidad institucional, no más consignas partidistas.
Una alcaldesa demasiado pendiente del adversario
Darias parece sentirse más cómoda definiendo a sus adversarios que defendiendo los resultados de su gestión. La descalificación preventiva del Partido Popular le permite evitar una cuestión mucho más incómoda: por qué una ciudad con un enorme potencial continúa soportando problemas de limpieza, inseguridad en determinados barrios, dificultades de acceso a la vivienda, congestión, burocracia y deterioro de parte de su espacio urbano.
El episodio de la tasa de basura resume algunas de esas carencias. El Tribunal Superior de Justicia de Canarias anuló la ordenanza municipal y el Ayuntamiento decidió no recurrirla. El Gobierno local tuvo que paralizar las notificaciones y anunciar la devolución del dinero abonado por los contribuyentes. Se habían aprobado 169.105 liquidaciones y 35.002 ya habían sido pagadas.
La obligación estatal de establecer una tasa específica de residuos era real, y su elaboración presentaba dificultades técnicas. Pero gobernar consiste precisamente en transformar obligaciones legales complejas en normas solventes. Presentar una ordenanza, cobrarla y terminar devolviendo el dinero porque los tribunales consideran insuficiente su fundamentación no constituye un ejemplo de buena administración.
También resulta revelador el conflicto sobre las cámaras de seguridad. La propia Darias denunció que la Delegación del Gobierno impedía instalar más dispositivos solicitados por el Ayuntamiento. El bloqueo enfrentaba a dos administraciones dirigidas principalmente por el mismo partido, mientras los vecinos esperaban una solución.
La ciudad necesita menos explicaciones sobre quién bloquea a quién y más capacidad para desbloquear. La alcaldesa no puede presentarse permanentemente como una espectadora de problemas cuya resolución depende, al menos parcialmente, de su liderazgo político. Sería injusto negar todos los avances. Las Palmas ha logrado situarse entre las cuatro ciudades finalistas españolas que aspiran a ser Capital Europea de la Cultura en 2031, un proyecto que merece respaldo institucional y que puede reforzar su proyección exterior.
Pero una candidatura cultural, por valiosa que sea, no sustituye la gestión cotidiana. Una ciudad no vive únicamente de grandes acontecimientos, campañas promocionales y fotografías institucionales. Vive de calles limpias, servicios fiables, barrios atendidos, licencias resueltas, policías con medios y ciudadanos que no sientan que la administración añade nuevos obstáculos a sus vidas.
Poli Suárez tiene una oportunidad
En este escenario aparece Poli Suárez. El Partido Popular lo ha propuesto como candidato a la Alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria para las elecciones de 2027. No llega desde la improvisación ni desde un despacho desconocedor de la realidad municipal.
Suárez fue concejal y alcalde de Moya, consejero del Cabildo de Gran Canaria, senador y diputado autonómico. Actualmente dirige la Consejería de Educación, Formación Profesional, Actividad Física y Deportes del Gobierno de Canarias.
Esa trayectoria no garantiza por sí sola que vaya a ser un buen alcalde. Los currículos no limpian las calles ni construyen viviendas. Pero sí demuestra que conoce la administración local, la política insular y el funcionamiento de las instituciones autonómicas. Es una experiencia especialmente valiosa para dirigir una capital que necesita coordinación permanente con el Cabildo y el Gobierno de Canarias.
Su principal ventaja frente a Darias no debería ser ideológica, sino práctica. Poli Suárez tiene la posibilidad de presentarse como el candidato de una ciudad mejor gestionada: menos burocracia, mayor seguridad, limpieza exigente, apoyo al comercio, colaboración con la iniciativa privada, vivienda asequible y atención real a los barrios.
También puede ofrecer algo escaso en la política actual: normalidad institucional. Su disposición a dialogar con diferentes partidos, siempre dentro del marco constitucional y sin aceptar retrocesos en derechos, resulta más sensata que la política de exclusiones anticipadas planteada por la alcaldesa.
No basta con ser la alternativa
Poli Suárez debe evitar, sin embargo, un error habitual: creer que el desgaste del Gobierno municipal será suficiente para llevarlo a la Alcaldía. No lo será.
El candidato popular tendrá que abandonar cuanto antes el lenguaje genérico y presentar compromisos verificables. Deberá explicar qué haría durante sus primeros cien días, cómo mejoraría la limpieza, qué modelo propone para la Policía Local, cómo aceleraría las licencias, qué medidas adoptaría para ampliar la oferta de vivienda y cuánto costarían sus promesas. También deberá construir un equipo reconocible y recorrer una ciudad que no puede entenderse únicamente desde sus zonas centrales. Tamaraceite, La Isleta, Schamann, Jinámar, San Juan, Vegueta, Guanarteme o Ciudad Alta presentan problemas distintos y merecen respuestas específicas.
Aupar a Poli Suárez no puede consistir en fabricar un liderazgo artificial. Debe significar reconocer que dispone de experiencia, capacidad y una oportunidad real para ofrecer una alternativa seria. Su candidatura será creíble cuando consiga convertir esa experiencia en un proyecto preciso para la capital.
Carolina Darias parece querer disputar las próximas elecciones hablando del miedo a Vox y cerrando pactos que nadie le ha pedido todavía que firme. Poli Suárez debería plantearlas hablando de los problemas que el Ayuntamiento sí tiene la obligación de resolver. Las Palmas de Gran Canaria no necesita una alcaldesa empeñada en decidir quién puede sentarse a la mesa. Necesita un gobierno capaz de limpiar, ordenar, escuchar, invertir y rendir cuentas.
Si Poli Suárez consigue representar esa ambición sin sectarismo y con propuestas concretas, no será simplemente el candidato del Partido Popular. Será la posibilidad de que la capital grancanaria recupere una política municipal centrada en los ciudadanos y no en las trincheras de sus gobernantes.



